DE LA MIRADA

lunes, 25 de septiembre de 2017

EL PUENTE ROMANO


 





La construcción del puente romano de Visontium (Vinuesa) data del siclo I d.C. Hoy es un monumento abandonado, visible en su totalidad únicamente cuando en años como éste, de cielos siempre abiertos, su estructura emerge como un submarino hundido. Sus piedras, apenas unidas por restos de argamasa, están ennegrecidas y las aristas conservan en su mayoría la frescura de la primera talla.
    Tiene siete ojos con bóveda ojival, y es precisamente ese ángulo que apunta al cielo el punto mágico que soporta el peso de la gravedad, el peso del tiempo, el juego de los equilibrios. Pero eso no es lo más importante. Detrás, como si hubiera sido colocado para mostrar al mundo el poder del hombre y la fuerza del progreso, se yergue rectilíneo, en perfecta geometría, más largo, más alto, más ancho, el viaducto de cemento cristalizado y  metal verde.
    La gente se asoma desde esa misma barandilla, apoya los codos y contempla desde arriba esa ruina extraña que solo existe cuando deja de llover. Tal vez piensen que tiempo atrás los visontinos cruzaban de uno a otro lado con sus carros de bueyes, cargados de heno, de animales, de viandas. Tal vez piensen, desde lo más alto de esos ojos cuadrangulares del puente nuevo, que su vida era dura, que los medios eran rudimentarios e incómodos, y alguno irá, probablemente, un poco más allá en el tiempo y pensará que alguna vez hubo alguien que observaba encaramado en el puente viejo a aquellos que, a lo lejos, vadeaban el río a pie y arrastraban sus jumentos entre las algas y las piedras sumergidas. Aquéllos, pensaría ese espectador de la Edad Media, miraban con sus pequeños ojos de hombre, un mundo limitado que existía a ras de tierra.
    Al fin y al cabo esos puentes llevan siempre al mismo sitio y sus ojos, pequeños, ojivales o rectangulares, no son más que una manera de mirar al tiempo.
 

 


 

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