La
construcción del puente romano de Visontium (Vinuesa) data del siclo I d.C. Hoy
es un monumento abandonado, visible en su totalidad únicamente cuando en años
como éste, de cielos siempre abiertos, su estructura emerge como un submarino
hundido. Sus piedras, apenas unidas por restos de argamasa, están ennegrecidas
y las aristas conservan en su mayoría la frescura de la primera talla.
Tiene siete ojos con bóveda ojival, y es
precisamente ese ángulo que apunta al cielo el punto mágico que soporta el peso
de la gravedad, el peso del tiempo, el juego de los equilibrios. Pero eso no es
lo más importante. Detrás, como si hubiera sido colocado para mostrar al mundo
el poder del hombre y la fuerza del progreso, se yergue rectilíneo, en perfecta
geometría, más largo, más alto, más ancho, el viaducto de cemento cristalizado
y metal verde.
La gente se asoma desde esa misma
barandilla, apoya los codos y contempla desde arriba esa ruina extraña que solo
existe cuando deja de llover. Tal vez piensen que tiempo atrás los visontinos
cruzaban de uno a otro lado con sus carros de bueyes, cargados de heno, de
animales, de viandas. Tal vez piensen, desde lo más alto de esos ojos
cuadrangulares del puente nuevo, que su vida era dura, que los medios eran
rudimentarios e incómodos, y alguno irá, probablemente, un poco más allá en el
tiempo y pensará que alguna vez hubo alguien que observaba encaramado en el
puente viejo a aquellos que, a lo lejos, vadeaban el río a pie y arrastraban
sus jumentos entre las algas y las piedras sumergidas. Aquéllos, pensaría ese
espectador de la Edad Media, miraban con sus pequeños ojos de hombre, un mundo
limitado que existía a ras de tierra.
Al fin y al cabo esos puentes llevan
siempre al mismo sitio y sus ojos, pequeños, ojivales o rectangulares, no son
más que una manera de mirar al tiempo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario