Ocurrió hace alguna tarde, cuando todavía
era verano. Yo tenía una cerveza en la mano y hablaba con dos amigos de esas
cosas importantes que surgen porque esperan el momento propicio para salir de
la boca. Hablábamos de malentendidos, hablábamos de errores, hablábamos de
poesía y hablábamos como si cada uno de esos momentos se hubieran puesto de
acuerdo para sucederse el uno al otro. Yo estaba de espaldas a la calle, una
calle importante que flanquea la antigua Facultad de Medicina y a cuyos lados
han sembrado olivos que nadie esperaría encontrar en una ciudad donde el fragor
del tráfico, muchas veces, o siempre, parece engullir el más insignificante atisbo de
Naturaleza.
Entonces lo oí. Un ruido muy fuerte, como el golpe
de un automóvil o la caída de un árbol. Me encogí de hombros. Mis dos amigos, que
habían presenciado la escena, exclamaron un juramento. Volví la mirada, a un
lado, a otro. En el suelo, en el hueco que dejaban dos coches, una paloma
golpeaba el asfalto con la punta de las alas. Gris, con unas líneas oscuras
como trazadas a pincel en el cuello y en el centro de cada ala. Pensé que se
había golpeado contra algún cable, que no sería nada importante y que en
cualquier momento remontaría el vuelo. Pero poco a poco sus movimientos se fueron apagando. Temí entonces que se muriera allí mismo, a tan
solo unos centímetros, en tan solo un momento. “Ratas con alas”, dijo un hombre
con una cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra.
“¿Qué ha
pasado?”, pregunté. Uno de mis amigos dijo que había chocado contra el cristal
del coche, que seguramente el reflejo del sol, ese sol mortecino del final del
verano, le había engañado, como si ese rectángulo de cristal oscurecido se le
hubiera antojado un pasaje a un lugar por descubrir. Desde el cielo era seguro
que esa paloma conocía la ciudad como yo mismo conozco cada rincón de mi casa.
Todo fue muy rápido; un instante de relámpago, un
humedecer de ojos. Sus plumas remeras se quedaron clavadas en el suelo. El ojo
abierto, mirando al mundo del que se despedía. Las patas encogidas. “Ratas con
alas”, repitió el hombre. Entonces, su cuello surcado de rayas oscuras se
contorsionó, sus párpados se cerraron y en ese último movimiento, en esa “s”
que un estertor dibujó en su cuello, la paloma se quedó inmóvil sobre el gris
del alquitrán, su pequeño cuerpo de rata gris, su cuerpo de plumas, su cuerpo
sin peso.
“Hay muchas palomas”, se dijo. “No ha sufrido”, se
dijo. “Todos los días mueren”, se dijo. La cogí de las alas, de sus plumas
remeras que a punto estuvieron de colarse por esa puerta secreta a un lugar inexplorado
de la ciudad. La dejé al pie de un olivo, lejos de los excrementos de los
perros. Luego me senté a terminar mi cerveza y alguna que otra vez, sin poder
evitarlo, entre trago y trago, miré hacia el olivo. Sabía que no la vería
volar, que no se alzaría de pronto como despertada de un sueño. Miré porque
aquel giro de cuello, aquel movimiento definitivo de su cuerpo, rápido como un
relámpago, lo había visto antes en alguien a quien amé.
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