DE LA MIRADA

domingo, 24 de septiembre de 2017

PALOMA Y RELÁMPAGO


    Ocurrió hace alguna tarde, cuando todavía era verano. Yo tenía una cerveza en la mano y hablaba con dos amigos de esas cosas importantes que surgen porque esperan el momento propicio para salir de la boca. Hablábamos de malentendidos, hablábamos de errores, hablábamos de poesía y hablábamos como si cada uno de esos momentos se hubieran puesto de acuerdo para sucederse el uno al otro. Yo estaba de espaldas a la calle, una calle importante que flanquea la antigua Facultad de Medicina y a cuyos lados han sembrado olivos que nadie esperaría encontrar en una ciudad donde el fragor del tráfico, muchas veces, o siempre, parece engullir el más insignificante atisbo de Naturaleza.
Entonces lo oí. Un ruido muy fuerte, como el golpe de un automóvil o la caída de un árbol. Me encogí de hombros. Mis dos amigos, que habían presenciado la escena, exclamaron un juramento. Volví la mirada, a un lado, a otro. En el suelo, en el hueco que dejaban dos coches, una paloma golpeaba el asfalto con la punta de las alas. Gris, con unas líneas oscuras como trazadas a pincel en el cuello y en el centro de cada ala. Pensé que se había golpeado contra algún cable, que no sería nada importante y que en cualquier momento remontaría el vuelo. Pero poco a poco sus movimientos se fueron apagando. Temí entonces que se muriera allí mismo, a tan solo unos centímetros, en tan solo un momento. “Ratas con alas”, dijo un hombre con una cerveza en una mano y un cigarrillo en la otra.
 “¿Qué ha pasado?”, pregunté. Uno de mis amigos dijo que había chocado contra el cristal del coche, que seguramente el reflejo del sol, ese sol mortecino del final del verano, le había engañado, como si ese rectángulo de cristal oscurecido se le hubiera antojado un pasaje a un lugar por descubrir. Desde el cielo era seguro que esa paloma conocía la ciudad como yo mismo conozco cada rincón de mi casa.
Todo fue muy rápido; un instante de relámpago, un humedecer de ojos. Sus plumas remeras se quedaron clavadas en el suelo. El ojo abierto, mirando al mundo del que se despedía. Las patas encogidas. “Ratas con alas”, repitió el hombre. Entonces, su cuello surcado de rayas oscuras se contorsionó, sus párpados se cerraron y en ese último movimiento, en esa “s” que un estertor dibujó en su cuello, la paloma se quedó inmóvil sobre el gris del alquitrán, su pequeño cuerpo de rata gris, su cuerpo de plumas, su cuerpo sin peso.

“Hay muchas palomas”, se dijo. “No ha sufrido”, se dijo. “Todos los días mueren”, se dijo. La cogí de las alas, de sus plumas remeras que a punto estuvieron de colarse por esa puerta secreta a un lugar inexplorado de la ciudad. La dejé al pie de un olivo, lejos de los excrementos de los perros. Luego me senté a terminar mi cerveza y alguna que otra vez, sin poder evitarlo, entre trago y trago, miré hacia el olivo. Sabía que no la vería volar, que no se alzaría de pronto como despertada de un sueño. Miré porque aquel giro de cuello, aquel movimiento definitivo de su cuerpo, rápido como un relámpago, lo había visto antes en alguien a quien amé.

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