Sin apenas
esfuerzo y sin necesidad de apelar a la imaginación, puede advertirse el
distinto color de la tierra removida: una línea ancha, como una sutura en el
monte, que quiebra hacia un lado y luego a otro, hasta perderse en la espesura
del bosque bajo. Si se presta atención, lo primero que se aprecia es su forma
intencionada, ajena a la natural espontaneidad del bosque. Es un lugar poco
amable y difícil de acceder, atravesado por angostos vallezuelos y escarpadas
colinas, cubiertas hasta mitad de ladera por árboles tan raquíticos que a duras
penas producen una sombra suficiente a la que acogerse; un lugar, por cierto,
en el que muy poca gente se atrevería a adentrarse sin una justificada razón.
Si no fuera porque alguien se preocupó alguna vez de vaciar la tierra que la
colmataba, la trinchera pasaría desapercibida entre las aliagas, la coscoja y
las piedras que, de una manera u otra, fueron a parar a su seno, como la costra
de una gran cicatriz.
Eso es:
una cicatriz, el resto de una herida cuyos bordes nunca acabaron de cerrarse,
una divisoria entre la razón y la locura, entre el entendimiento y la
incomprensión, entre el sueño y la vigilia, un umbral perpetuo entre la noche y
el día que ni siquiera el crepúsculo confunde. A un borde, una idea, al otro
borde, otra idea, y en el medio, en el fondo del foso: el polvo, los insectos,
el olor de los cuerpos palpitantes, envueltos en la aspereza de las mantas de
soldado. Y el tiempo diluido, un tiempo de amaneceres, de cielos rasos, de
noches oscuras en las que, de vez en cuando, una repentina ráfaga traza una
brillante estela que se antoja incluso hermosa.
Después de
muchos veranos, cuando el olvido ha mitigado la cólera hasta convertirla en un
rescoldo sin sentido, las lluvias torrenciales arrastran consigo la tierra en
precario equilibrio y, como un vestido que se desliza hasta el suelo, se
derrama sobre la trinchera en un extraño empeño por borrar la huella de su
existencia. Cuenta la gente de más edad que, algunas veces, junto a los
derrubios amontonados a los bordes, las cabezas blanquecinas de los huesos
asoman como los cantos rodados de cuarzo que los ríos abandonan en las riberas
de sus cauces.
Parece ser
que uno de esos viejos solitarios que conoce bien la zona tiene por costumbre
recorrer un par de veces al mes la pista de tierra que lleva del pueblo al
monte. Al salir de su casa, se cubre con una gorra muy gastada, saca una pala
del cobertizo y se ata un saco de arpillera al cinturón. Una vez allí, se
entretiene durante toda la mañana en vaciar de tierra y piedras el fondo de la
trinchera, luego recoge los huesos, los mete en el saco y los lleva a un osario
donde los guarda con un nombre cualquiera, con unos apellidos cualquiera y con
un lugar de procedencia que podría ser Santiago de la Ribera, o Mesía, o Madrid
o Cervera de Pisuerga. Muchos se interesan por él y, cuando le preguntan en qué
frente luchó, el viejo hace como que no entiende, dirige la vista al suelo,
agita la cabeza y contesta: “yo estaba con mi padre”, antes de proseguir su
camino.
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