DE LA MIRADA

jueves, 11 de enero de 2018

El dios Tiempo






    Tal vez el dios Tiempo te hiciera una pregunta. Tal vez, sin tu permiso, se permitiera inmiscuirse en tu vida, introducirse en tu alma con un pensamiento, con la luz de un espejo o un olvido a conciencia. Tal vez, sin darte cuenta, fuiste tú quien le invitó, acaso porque has visto llover y agrietarse la tierra tantas veces que ese mismo dios que siempre fue esquivo te ha concedido el derecho sin que tú lo pidieras. Si así fue, convéncete de que tu acto rompió un silencio y tomaste la decisión de plantarle cara para devolver su pregunta con otra pregunta.
    Con la frente alta y los puños apretados, miraste a un cielo sin sol: “Tiempo, desde que sé que existes nunca llovió para mí”, dijiste. Tal vez lo hicieras temiendo que tuviera el mismo sentido que abrir el envoltorio de un regalo para encontrarlo vacío, como soplar debajo del agua. Por esa razón quisiste explicarte y para conseguirlo disfrazaste tu demanda con el traje de la exigencia.
    Te quejabas de que la gente corría tras el cristal empañado, que cubría su cabeza con el paraguas, que el ruido en el tejado te invitaba a salir. Contemplabas esa agua que se escurría por los agujeros y que luego era mar o río o nube. Sin embargo, tus manos no eran diques que aguantaran.
     Dijiste que estabas harta de que el invierno fuera una estación sin parada, de que el cielo humedeciera el pelo de los que escapan del aguacero. Y tú, apostada en la ventana, observabas.
    Ahora, cincuenta inviernos más tarde, quieres que una nube haga sombra sobre ti, quieres que tu piel se empape, que tus pies desnudos sean palomas en un charco de verano y quieres que la gente, aquella misma que huía y ahora tiene su ropa seca, se sorprenda cuando piense que su vida fue el agua que resbaló por su piel sin llegar a mojarla, que no sintió su caricia en el rostro y que nunca un dios, en un pensamiento, en un espejo o en un olvido le hizo alguna vez una pregunta.
    Quédate en esa estación, en esa que es invierno, otoño y primavera y verano. Deja el cristal abierto de par en par, no cierres los párpados si no es por amor, no abras el paraguas si prefieres mojarte.
    Quédate quieta, atiende a los silencios y escucharás que el tiempo, aquel dios que te hizo dudar, aquel que ocupó tus pensamientos, se ha quedado mudo.











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