Tal vez el dios Tiempo te hiciera una
pregunta. Tal vez, sin tu permiso, se permitiera inmiscuirse en tu vida, introducirse
en tu alma con un pensamiento, con la luz de un espejo o un olvido a
conciencia. Tal vez, sin darte cuenta, fuiste tú quien le invitó, acaso porque
has visto llover y agrietarse la tierra tantas veces que ese mismo dios que
siempre fue esquivo te ha concedido el derecho sin que tú lo pidieras. Si así
fue, convéncete de que tu acto rompió un silencio y tomaste la decisión de
plantarle cara para devolver su pregunta con otra pregunta.
Con la frente alta y los puños apretados, miraste
a un cielo sin sol: “Tiempo, desde que sé que existes nunca llovió para mí”,
dijiste. Tal vez lo hicieras temiendo que tuviera el mismo sentido que abrir el
envoltorio de un regalo para encontrarlo vacío, como soplar debajo del agua.
Por esa razón quisiste explicarte y para conseguirlo disfrazaste tu demanda con
el traje de la exigencia.
Te quejabas de que la gente corría tras el cristal
empañado, que cubría su cabeza con el paraguas, que el ruido en el tejado te
invitaba a salir. Contemplabas esa agua que se escurría por los agujeros y que
luego era mar o río o nube. Sin embargo, tus manos no eran diques que
aguantaran.
Dijiste
que estabas harta de que el invierno fuera una estación sin parada, de que el
cielo humedeciera el pelo de los que escapan del aguacero. Y tú, apostada en la
ventana, observabas.
Ahora, cincuenta inviernos más tarde, quieres
que una nube haga sombra sobre ti, quieres que tu piel se empape, que tus pies desnudos
sean palomas en un charco de verano y quieres que la gente, aquella misma que
huía y ahora tiene su ropa seca, se sorprenda cuando piense que su vida fue el
agua que resbaló por su piel sin llegar a mojarla, que no sintió su caricia en
el rostro y que nunca un dios, en un pensamiento, en un espejo o en un olvido
le hizo alguna vez una pregunta.
Quédate en esa estación, en esa que es
invierno, otoño y primavera y verano. Deja el cristal abierto de par en par, no
cierres los párpados si no es por amor, no abras el paraguas si prefieres
mojarte.
Quédate quieta, atiende a los silencios y escucharás
que el tiempo, aquel dios que te hizo dudar, aquel que ocupó tus pensamientos,
se ha quedado mudo.
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