DE LA MIRADA

sábado, 3 de marzo de 2018

LA MUERTE DE LA SEÑORA WANG


La señora Wang era una persona muy discreta. De camino al restaurante que regentaba o de vuelta a casa nunca se la vio sin un bolso colgado al hombro, el pelo mal peinado o vestida con pantalón. Era delgada, con el pelo corto, ligeramente gris y unos ojos brillantes que restaban años a su edad.
Unos pasos más atrás, como siguiendo una estela, el marido la acompañaba con el carro de la compra. Nunca la cogía de la mano, ni se esforzaba por caminar a la par, ni se le veía tampoco posar los ojos en ella para dirigirle una palabra. La distancia entre ellos parecía responder al dictado de un instinto.
El marido de la señora Wang era un señor mayor, de bastante más edad que los cincuenta años de la señora Wang. Llevaba siempre una chaqueta gris muy gastada  con los bolsillos descosidos. Cuando andaba, sus hombros se encogían como si una lluvia pesada cayera siempre sobre él.
Su negocio, un restaurante chino de comida tradicional, había prosperado en el barrio a costa de la curiosidad de la gente, que en aquellos tiempos en que se abrió husmeaban en sus cristaleras, se asomaban a la puerta y preguntaban a los inquilinos del edificio si era verdad que se alimentaban de gatos.
Ella, sin embargo, aunque dependía del magro beneficio de su restaurante, vivía sustraída de su mundo inmediato. Caminaba con la mirada perdida, los brazos cruzados y un deambular lento que la detenía en las tiendas de flores, en una boutique de ropa o una exposición de pinturas al óleo que asomaba a la calle para atraer clientela. Cuando lo hacía, el señor Wang aparcaba el carro de la compra, sacaba de su americana un cigarrillo y lo fumaba con los ojos cerrados. En cuanto la señora Wang se cansaba de mirar, el marido reemprendía su camino a la distancia exacta de la señora Wang.
No es que la señora Wang estuviera loca, ni tampoco que viviera amargada por algún oscuro secreto; la señora Wang amaba la belleza. Allá en China había estudiado en la Universidad, donde aprendió a pintar acuarela, a recitar poesía y a tocar la cítara y el violín de dos cuerdas.
A veces, al pasar por la puerta de su restaurante, se podía escuchar su música como un viento que escapara de su interior. La gente apoyaba la nariz en el cristal y miraba los cuadros de paisajes de montaña, de ríos turbulentos, de ranas posadas en la lisura del nenúfar. Tocaba en el plazo de tiempo entre la comida del mediodía y la cena. Mientras tanto, el señor Wang entraba y salía con el carro de la compra, trajinaba en la cocina y se movía de un lado al otro del restaurante perseguido por una nube de humo de tabaco que se desprendía a jirones de su pelo despeinado.
Alguna tarde la señora Wang cambiaba el arco del violín por una fina brocha. Montaba un lienzo en un caballete y trazaba líneas oscuras sobre el relieve del papel. Luego, dibujaba asperezas, confundía colores y acababa siempre una escena de paisaje o un grumo de pétalos de peonía a los pies de un jarrón. Sus imágenes, por lo general, mostraban una belleza huidiza, un morir en el éxtasis o un canto de cisne en la transparencia del agua.
Así, la señora Wang fue haciéndose mayor y el señor Wang mucho más mayor. El restaurante envejeció con ellos; la moqueta se oscureció, el papel de las paredes se despegó y la gente dejó de acudir a un lugar del que se decía que nadie se molestaba en limpiar. Entonces, un día que escuché la música del violín de dos cuerdas, decidí entrar.
Desde mi asiento, muy cerca de ella, contemplé su rostro arrancado del aire que lo rozaba, las arrugas que alargaban sus ojos rasgados, el vaivén trepidante de su mano, rasgando las cuerdas para conseguir la nota perfecta.
“Señora Wang, ¿cómo se llama esa canción?”. “Mujer cogiendo hojas de té”, respondió. Yo entendí que sí, que esas notas cortas, abandonadas en un eco, eran como pequeñas hojas que volaban y la agitación de la melodía el frenesí de la recolección. Podía ver las manos de esa mujer con la bolsa atada a la frente por una cinta de colores y una mano que rebuscaba en el corazón de un arbusto para conseguir una hoja fresca.
Muchas veces esperé junto a la puerta del restaurante para preguntarle si iba a tocar el violín, si tenía intención de pintar o si, por el contrario, volvía a casa para descansar. Temí que pensara que mis intenciones eran otras que no fueran la apreciación de esa belleza solitaria. Pero no, no era así; la señora Wang necesitaba ser mirada, necesitaba ser escuchada, necesitaba sentirse viva.
De modo que yo escuchaba y miraba y pensaba si ese hombre que paseaba por el restaurante alguna vez se detenía en ella o prefería esconderse dentro de una nube de humo porque no existía nada que mereciese la pena más allá de los beneficios del restaurante.
Un día encontré al señor Wang solo, arrastrando trabajosamente el cargado carro de la compra para salvar el borde de la acera. Se paraba, encendía un cigarrillo y lo fumaba con fruición. Fue una visión extraña, porque se hacía difícil ver a ese hombre atravesar el mismo tramo de calle sin la presencia de la señora Wang.
Cuando pregunté, me dijeron que la señora Wang había muerto.
Tuvo una enfermedad grave y silenciosa, me explicaron, una enfermedad que había llevado de un modo tan privado que, al parecer, ni su mismo marido conocía.
El entierro fue un día de calor. A la puerta del crematorio, los chinos encendieron una hoguera. Echaron en ella pedazos de papel crespón escritos en caligrafía china. Al prenderse fuego los papeles se elevaron y comenzaron a describir en el aire círculos de fuego. Las miradas se alzaron para converger en ese pedazo de cielo por donde unos deseos escritos en tinta negra desaparecían entre restos de ceniza y vetas de humo negro. El señor Wang sujetaba con una mano el carro de la compra y en la otra una colilla encendida que a punto estaba de quemarle los dedos.

No sé si a la señora Wang le hubiera gustado esa despedida, pero sí le habría gustado saber que donde todos veían trozos de papel yo vi hojas de té y donde una ráfaga de aire aparecía para llevárselas yo veía una mano pequeña  que las recogía una a una y las guardaba con cuidado en una bolsa invisible.